Notting Hill Carnival 2011 / by Alejandro Mallado

Algo muy común, y que detesto, en la mayoría de viajeros, es la incapacidad para reconocer la decepción por un lugar o un evento visitado y que no correspondió a tus expectativas. Como eres viajero (turista nunca, eso no es nada cool) absolutamente todo lo que conozcas/visites/fotografíes es lo mejor y más impresionante que hayas visto en tu vida. Eso suelen decírtelo mirándote a los ojos con ojos de buho para que entiendas bien que tú no has estado, y que por eso no perteneces a esa estirpe superior, como ellos. A mi, que los años me están convirtiendo en un tío de lo más cínico, pero cada vez con menos ganas de callarme, me apetece invitar a toda esta caterva de iluminados al famoso carnaval de Notting Hill para ver quién es el guapo que me mira a la cara y me dice que no es, como decimos en mi tierra, un auténtico petardo.

Después de unas dos horas de autobús, entre despistes de novato y trasbordos, llegamos a ese barrio que hizo famoso la peli de Hugh Grant y en cuanto vi la tremenda cantidad de gente que llegaba por ese punto - Notting Hill Gate - se me puso carita de día de reyes y saqué la cámara lleno de nervios. Hoy sí, me dije, es momento de fotografiar Londres por fin. Porque claro, aunque haya estado en la ciudad varias veces antes, lo normal es que uno fotografíe los monumentos típicos que es lo que da tiempo. Ahora que soy londinense por los cuatro costados, desde que me saqué el bonobús, puedo estar al tanto de los eventos y elegir dónde y cuándo quiero disparar.

La verdad es que aquello prometía, con ríos de gente siguiendo el sonido de la música, puestos de comida ambulante y 6.500 policías cacheando a cada chaval de color con pinta de estrella de rap que pasaba. Un grupo de ellos, que venían sentados en nuestro bus, fueron cacheados apenas entraban. Habían venido todo el camino liándose unos pitillos de marihuana, pero creo que no les dió tiempo ni de encenderlos. Una vez pasado el control sin ningún problema hicimos lo que hace uno cuando llega a la feria de otro pueblo: seguir a la masa, que ya llegaremos al lío. Antes, y para no desentonar, paramos a comprar esas latas de medio litro de cerveza que aquí son religión. Esta vez, y para continuar la colección, fue la Red Stripe. Jamaicana, por supuesto, que es la que bebía allí todo el mundo.

Ya metidos en ambiente, y algo nerviosos por encontrar la fiesta, seguimos bajando por una calle paralela a Portobello Road (cuyo mercado callejero espero visitar algún día) con la música cada vez más cercana y con mis nervios creciendo ante mi primer reportaje callejero. Y por fin llegamos a una intersección donde había cientos y cientos de londinenses y turistas de toda raza y condición con las pintas más variadas que uno pueda imaginar. Pero en cutre, la mayoría. Si bien esta fiesta tiene su origen en la década de los 60 como respuesta cultural a los problemas y conflictos raciales que hubo en la zona con la llegada masiva de inmigrantes caribeños y africanos, se ve que con los años ha derivado en una suerte de pasacalles medio improvisado donde lo único que se celebra es la devoción al remolque. Sí sí, remolque. Hay varias cabalgatas que va recorriendo el barrio en un circuito cerrado, y cada una lleva varios camiones con el remolque abierto donde llevan el cargamento de latas de cerveza, comida y el equipo de sonido a todo volumen. En el remolque suelen ir varios personajes a lo 50cent rapeando y jaleando, mientras ponen cara de matón y pinchan música que suena de todo menos a étnica. Entre remolque y remolque van las agrupaciones con sus trajes de fantasía, con más o menos gloria.

Aquí fue donde me llevé la mayor desilusión, ávido de captar fotones llenos de pluma y colorido. La mayoría de los trajes son de chiste, la desorganización en el desfile para qué contarlo y, para colmo, los turistas se dedican a parar cada metro a los participantes para hacerse fotos con ellos y aquello parece una firma de camisetas del Real Madrid. Total, que pasé más miedo para hacer una buena captura que corriendo los San Fermines. No había manera de disparar sin sacar a alguien con cara de low cost. Después de un rato luchando por mi vida entre tanta cámara compacta decidí que me faltaba flow, que hacía falta una cerveza, y nos fuimos a buscarla. De camino, como ya había hambre, entramos en uno de los pubs que hacen su agosto vendiendo menús a 6,50 libras. Allí nos sirvieron un plato de pollo al curry con arroz y verduras que, si bien estaba bueno, nos tiene todavía buscando el pollo entre tanto hueso. Culpa mía, por no querer comprar un par de perritos buscando el "auténtico carnaval". Después de llenar el estómago fuimos a buscar otra cabalgata, donde hice algunas fotos más, y con otra cerveza en Portobello Road decidimos que ya habíamos hecho el guiri bastante. Mucha gente, mucha cerveza, mucha música.... pero poca fiesta. Al final, me fui de allí refunfuñando entre dientes y pensando eso tan propio y tan patrio de que, como en España, no se monta una buena en ningún sitio.

Podéis ver el reportaje de aquel día haciendo click en cualquiera de las fotos.