Yo miro, tú cuentas. II / by Alejandro Mallado

Este año sí es el de verdad. Este año sí cumpliré mis propósitos, esos que desde hace tanto había marcado ya que nadie en este seco y corto verano cambió nada, tampoco el incendio que ya anunciaba la primavera. Me llamo septiembre de tercer apellido desde hace ya alguna década y siempre es aquí cuando paro y miro a la derecha y a la izquierda antes de cruzar. Otra vez estoy en el mismo lugar las mismas horas y otra vez espero que algo suceda de camino a casa, siempre tan fría y tranquila, como siempre me ha gustado, como siempre tanto me ha asustado. Otra vez miro y vigilo las caras de los viajeros compañeros en la rutina de camino al trabajo. Algunos los conozco, otros no lo saben, pero también. Me gusta pensar que hoy será diferente y que hoy algo podré contar dándome igual a quien.

Y entre tanto pensamiento y tanto alardeo soñador de mí mismo, el vagón llegó a la última estación, a la que parecía definitiva, en la que llevaba parando toda mi verdad ese largo invierno llamado tiempo. Todo el mundo seguía corriendo por aquellos hormigueros del metro, como el año anterior, seguro que como el año que viene. Entonces la escalera de aquel underground puso unos peldaños más altos para que en aquel momento nuestros pasos fueran más lentos. Para que costara más trabajo subir, para que fuera más arriesgado bajar. Nos miramos durante unos segundos, enganchamos las pupilas y se noto que los dos huíamos de lo mismo, que los dos teníamos miedo de mascarnos con los ojos. Ninguno sabía adonde ir en ese instante aunque ya tuviéramos un destino. Así que decidimos escondernos uno dentro del otro con una tímida y esperada por siempre sonrisa. Quizás no lo sabíamos pero ya antes pensamos que algún día algo inesperado, con algo de suerte ocurriría. Y yo, que sabía que para vivir había que respirar, ahora sé que si me dan a elegir entre respirar o tenerte en este peldaño, estaría más vivo teniéndote que respirando mi aire.

¿Cuánto hemos sufrido los dos pensando en algo que nunca pasaría? Por aquel entonces era mejor seguir pensando que la vida nos trataría mejor y nos recompensaría con algo que creíamos merecer. El tiempo se hizo lento y el segundero anunciaba que ese pequeño chispazo de tic tac nos dejaría saborear un poco más lo que ninguno había provocado y ninguno quería dejar escapar. Y yo, este día, que me he animado a dejar la cremallera del corazón abierta por si venías no la encontraras cerrada, me vuelvo a coser el pensamiento deseando que seas eso que siempre he esperado. Quería guardarme el alma allí, donde el infinito llega a su fin. En el olvido. Y donde la luna baja a ver como me desnudo para que hieras lo que quieras.

Y cómo ha retumbado todo su componer cuando has mirado dentro de mí. Y corriendo he querido saltar de esa escalera donde me hipnotizaste para correr a buscar una farmacia y comprar pastillas para no soñar por miedo. Bonita inquietud. Ya ves, tantas veces me he cansado de mí que he cometido delitos, y hoy quiero ser encarcelado por delito a mano armada, y decirte “quieta, tus labios o la vida”.

Yo, que pensaba que creer era poco. Yo que necesitaba algo para creer. Que necesitaba algo imparable y poderoso, algo como una flor que nace de la calzada abriendo paso sobre el duro asfalto hasta la luz, buscando la grieta en el bordillo que le cayó encima. Precisamente ese día qué tanto me quemaba el suelo y casi de puntillas andaba con prisas a ningún lugar mejor que tu mirada, un lugar mejor que mi ridículo yo paralizado ante ti.

Volviéndome vulnerable ante tu no, planeando la estrategia para conseguir tu sí. Concurriendo todo en esa milésima de segundo como un flash back, como un deja vu deseado, volviéndome torpe y pequeño, volviéndonos juntos un coloso gigante. Volviéndonos viejos, tanto que los huesos lo son ya más que la piel, tanto que ya sabes donde tiran las mejores cañas del barrio. Ya hemos sido  media vida dedicándonos en cuerpo y alma a esperar ese rock, esa balada. Con tan solo mirarnos y desearnos donde la verdad de no conocernos de nada nos hizo fieles, nos hizo de verdad y deseados ante lo desconocido de ese misterio obsesivo por no dejar de mirarnos.

Allí donde hemos sido ganadores y perdedores, pasiones, risas, amores de barra de bar. Allí es donde estaba esperándote. Allí donde en una milésima de segundo nos hemos visto abortando en algún hospital por equivocarnos ante el deseo de no saber frenarnos.

Un tema, este tema, del que nunca quieres hablar y ya has esperado innumerables historias. Pensando que tan solo conseguiste tapar esas infinitas manchas de todo aquello que te quedó, que mataste el amor, ese que quizás nunca existía, quizás por aquel olor a sudor en tus pestañas bastante lloradas. Esas pestañas con las que quizás dejaste de ser amable porque el mundo tampoco lo fue contigo.

No me hizo falta más que mirarte, mirarnos ¿para qué tantas palabras cuando la verdad se esconde y explota dentro de nuestras miradas?, ¿para qué tanta mentira? Quizás debí usar ese truco de la naturaleza que materializa la verdad que los ojos cuentan, quizás debí besarte sin decirte más que un te quiero por dos palabras. A fin de cuentas, en el amor no existe la experiencia, si no, nunca más se volvería a amar. Y yo quería, y tus ojos también. No tuvimos una obra, tan solo un perfecto capítulo para saber que ya era digno de ver el resto, para comprar la entrada de la función. Para vivir.

Pero, para qué mirar atrás si ya nada se puede cambiar, para qué adelante si nada se puede en el futuro alcanzar. Mejor seguiré viviendo mi hoy, y seguiré en ese peldaño de aquella estación de metro. Viendo cómo pudiste, pudimos ser, y tan sólo vivimos juntos ese instante, en esa milésima de vida verdadera mientras aquellos peldaños nos ayudaron a ver lo que cada uno por su camino tiró por la borda, y ninguno arriesgó a ganar con esa verdad que nuestros ojos anunciaban, ni a decir ese te quiero con su flechazo, por dos palabras. Pero este año creo que sí, este año aunque ya pasaste y nos fuimos, es el de verdad, ¿no?

 Paco de Celis