Galeón La Pepa / by Alejandro Mallado

Galeón, Gira Iberoamericana 2013Galeón, Gira Iberoamericana 2013, Palma de MallorcaGaleón, Gira Iberoamericana 2013, Palma de MallorcaGaleón, Gira Iberoamericana 2013Galeón, Gira Iberoamericana 2013, Palma de MallorcaGaleón, Gira Iberoamericana 2013
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Galeón La Pepa, un álbum en Flickr.

Por demasiado tiempo he dejado en el más absoluto abandono este blog y siento que ya es hora de recuperarlo. Comienzo dejando enlace al álbum de mi Flickr donde he ido subiendo mis fotos favoritas de mi aventura en el Galeón durante los últimos 3 meses y medio. También dejo aquí el segundo día del diario que comencé en el tren camino de Barcelona, donde este barco que ahora es mi casa me esperaba en la quietud de la noche. Parece que fuese otra vida. Quizas lo sea.

•Amanecí con la sensación de llevar toda la vida a bordo, seguramente porque por primera vez, desde hace tanto que no recuerdo, pude conservar al despertar el sueño que había tenido. Era en el barco, o puede que no fuera el mismo barco, pero era el mío. Había decenas de personas, muchas de ellas conocidas, y era feliz. Aun así, tardé en salir de la cama. Unos minutos para recordar dónde estaba, espabilar actitud y ensayar la sonrisa que merece este nuevo año. Nunca he sido una persona lanzada, pese a que me esfuerzo por engañaros a todos. Soy de esos que se quedaba viendo a los demás niños jugar a la pelota sin atreverse a pedir que le dejen participar. Toda mi vida ha sido un esfuerzo constante por superar mi maldita timidez, ese peso en los hombros de saberte capacitado para llegar a la gente, el miedo a perderte lo valioso de momentos fugaces, la mirada furtiva al final de la barra que te acompaña a la cama, pero no la calienta. A veces me basta con recordar la persona que fui, las oportunidades que dejé escapar después de tantos años y tantas vidas distintas que he vivido. Puede que madurar sea eso, reconciliarse con uno mismo. Puede que se trate de perdonar los errores, sólo como excusa para mejorar.

•La mañana transcurrió tranquila, una jarra metálica de café disfrutando de las primeras luces del día en el puerto deportivo de Barcelona y el saludo cordial de mis compañeros de viaje me hacen sentir marinero. Esa cara de satisfacción me parece merecedora de que alguien me haga fotos. Fotos!! No puedo esperar más. Bajo sin dilación al sollado (que así se llama la zona común de descanso) a por la mochila y bajo al muelle para medir la exposición y buscar ángulos. Lente de 35mm. Velocidad 125, f8, ISO 100. Suenan campanas celestiales cuando uno clava la exposición a ojo, sólo observando el día. Siento que todo va a ir bien. Lástima que sean las 10 de la mañana y el sol respecto al muelle deje la parte retratable del galeón en penumbra. Mejor al amanecer, un par de horas antes, o esperar a la tarde. A pesar de las condiciones desfavorables, hago unas cuantas fotos para superar el mono y, sobre todo, para que mis compañeros se vayan preparando para los que les espera. Ojalá se acostumbren pronto a mi enfermedad, porque no les pienso dejar en paz en 6 meses. Dedico la mañana a pasear por el barco, charlar con la tripulación y despejar dudas sobre la convivencia y mis responsabilidades procurando no agobiar ni resultar molesto. Me recuerdo a cada rato que muchos de estos tripulantes son veteranos en este galeón o en la Nao Victoria y que lo más prudente sería dejar que los días y el trabajo en común estreche confianzas, pues tiempo es precisamente lo que ahora me sobra. Intento ayudar en lo que puedo y estar a disposición de todos, y mientras tanto robo de uno y otro la información que puedo sobre el navío y su historia. José Luis Murcia, el Murcia, resulta ser un buen aliado, habiendo sido el último en aparecer. También el de San Fernando, uno de los que no recuerdo el nombre, pero con el que creo que me llevaré bien. Augusto es un tipo peculiar, quizá más cortado que yo, pero que infunde cierto respeto. Carlos me ayuda mucho, siempre pendiente, y charlamos un rato sobre cámaras y photoshop. Sole y Ana son mis ángeles de la guarda desde que me recogieran en la Plaza de Colón. El Largo, un chaval de unos 20 años, gaditano que trabaja en máquinas, resulta esquivo pero desprende esa ternura de tío enorme imposible de ocultar. Los mayores, Juan y Peri, mantienen las distancias, pero me infunden confianza y creo que nos llevaremos bien. Manu no puede ser más que un buen tipo, y Kete creo que será de los que me lleven de vuelta después de una borrachera. Esta mañana El Murcia realizó un tour de gala para Jauma, batería del Circ Raluy que acampa en pleno muelle a unos 100 metros, y les acompañé con los oídos y la memoria ávidos de conocimiento. Después tuve un rato para charlar con Jauma, todo un personaje, de esos por los que vale la pena viajar. Ya sabía que la mayoría de mis compañeros habían ido a ver la función, invitados por integrantes del circo que habían pasado a visitar el barco. Descubro que el galeón es un reclamo maravilloso no sólo para conocer gente, sino también para franquear puertas que ya te han dejado abiertas.

•A las 14:00 horas me toca, después de un buen almuerzo de pisto con dos huevos fritos, mi primer turno de visitas. Es un trabajo fácil, cuidando de que nadie se sobrepase con sus fantasías de corsario y que ningún niño se suba al trinquete y se caiga de cabeza. Hasta las 18:00 horas cumplo mi turno, y paso una tarde agradable charlando con personas de todo el mundo, practicando con más pena que gloria mi oxidado inglés, y aprovechando para continuar con mi curso acelerado de historia del galeón. Tengo oportunidad de conocer a una pareja de mediana edad de Portland, Oregon, que me interrogan amablemente sobre nuestro viaje y el navío. En sus ojos, por unos minutos de niño, me veo reflejado, y hago nota mental de la suerte que tengo y de la gran responsabilidad que tengo de exprimir cada segundo. Resulta curioso, desde esta posición privilegiada, como resulta de accesible ahora el romper barreras y buscar una vida diferente. Ojalá este mundo nos educara para buscar, en lugar de poseer. Un humorista de Barcelona con sus amigos, a los que hago reír. Un payés de Lleida, que apenas habla español, a quien hago una visita guiada con su esposa a pesar de que no se hagan estos días. Inglaterra, Colombia, Ecuador, Argentina, Italia… Todos de todas partes del mundo quieren saber, todo el mundo bromea con dejarlo todo y venirse con nosotros. Viene el amigo colombiano, escriba de afición, y nos regala a todos, también a algunos visitantes, nuestros nombres en escritura medieval. Es con él, con Kete, Augusto y Peri con quien voy a la sesión de las 19:30 del circo. Me sobran ganas, pero me falta estilo, para describir las 2 maravillosas horas que paso en aquel lugar mágico. Un circo clásico, de una pista, pequeña y cálida. Números de toda la vida, de los que no sorprenden, que me llevan a otro mundo. Entramos sin pagar, fascinados por la colección de vehículos clásicos, caravanas y remolques de época totalmente restaurados o en proceso de recuperar su pasado esplendor. Los personajes de circo, maquillados, caracterizados como duendes y caballeros, nos dan la bienvenida, nos interrogan sobre nuestro próximo viaje y nos hacen sentir como en casa. Realmente no puede estar sucediendo todo esto, no puede un solo día compilar tantas fantasías de mis horas de cine y papel. A la salida del espectáculo, la magia sigue en el aire mientras fotografío con mi móvil y la familia del circo se dispone en hilera para despedir uno a uno a los espectadores. Hacemos lo propio, recibiendo abrazos sinceros y deseos de fortuna de Sandro, ese extraordinario payaso, el director del circo, su mujer funambulista y tantos otros. Apunto en cuentas pendientes de mi vida enamorarme y romperle el corazón, o dejármelo romper, por una trapecista.

•Es hora de volver, flotando en una suerte que no consigo asimilar. Esta noche tengo, de 04:30 a 09:00, mi primera guardia. Ha pasado el primer día de una nueva vida y tengo ganas de probar los espaguetis con mejillones que Ana nos a preparado con esa sonrisa constante. Venimos contentos, y tumbamos las Cruzcampo de la función con un par de vasos de Barbadillo. En la cena me siento a ratos desubicado, como una pieza que sobra en el motor. Como dije, sé que tengo un lugar que ganarme.. Me gustará leer esto dentro de un tiempo y recordar cómo lo conseguí.