Mi última travesía en El Galeón. Galería de fotos. / by Alejandro Mallado

Hace apenas una hora que terminamos las maniobras de atraque aquí en Chicago Avenue, en el mismo lugar en que atracamos en agosto de 2013 en Ocean City, Maryland. La entrada ha sido emocionante, complicada, pero de ejecución perfecta en todo momento gracias a la pericia de nuestra capitana Rosario y a la buena sincronización de la tripulación. Un año más la ciudad entera acudió a recibirnos en masa, así como los medios de comunicación que no quisieron perderse una vez más el reto que supone superar el angosto puente que precede al punto de atraque. Decenas de pequeñas embarcaciones nos acompañaron, siempre a distancia impuesta por los remolcadores que velaban por nuestra seguridad. Lanchas rápidas, motos de agua y charters de turistas pululaban a nuestro alrededor para demostrar una vez más que El Galeón es y será siempre un evento en sí mismo.  Esta vez la estancia será más larga, todo un mes, y muchos locales se han acercado cariñosamente para darnos la bienvenida mientras rematábamos maniobras y almorzábamos en cubierta combés tras una mañana larga y excitante.  Y tengo que decir, o reviento, que mi guardia de alba, la de 4 a 8, es la que enlazó sus responsabilidades al timón con el trabajo de entrada a puerto y todo el esfuerzo posterior, por lo que a estas horas somos lo únicos que no hemos dormido antes de la llegada, y así el comportamiento de mis compañeros me obliga a tener aquí un momento de agradecimiento y homenaje. Ginés, Lau, Juan “J” y Mariví, sois grandes.

Cinco días atrás, El Galeón zarpaba una vez más de Saint Augustine donde habíamos abierto sus cubiertas al público durante casi siete meses. Una vez más nos despedíamos de un lugar maravilloso donde todos dejamos amigos para toda la vida y anécdotas por millones. Mucho tiempo sin navegar, aunque algunos tuvimos la suerte de hacerlo en la Nao Victoria en su gira por las costas de Florida. Mucho tiempo sin experimentar las sensaciones de mar abierta, sin la extraña rutina que las guardias de navegación imprimen en las horas, en la vida de cada tripulante. Ha sido esta una travesía de iniciación, puede que de descubrimiento para algunos de mis compañeros, y pese a las dudas que pudiera haber por tantas caras nuevas debo decir que la tripulación ha funcionado como un equipo y hasta el último momento he disfrutado de buena gente, de buen humor y de buenos amigos que sumo a tantos que he ganado en esta experiencia. Hoy escribo para despedirme, y casi me duele cada palabra. Decir adiós después de tantos momentos maravillosos, innumerables recuerdos que este barco me ha dado e iluminan el nuevo camino que ante mí se abre con una luz libre de miedos y preocupaciones. Una sirena pelirroja me hechizó en mitad de mi singladura, qué os voy a contar, y ahora me espera en otro puerto muy distinto y con mares de asfalto por gobernar. Allí me voy a seguir contando historias.

En este barco, si sabes hablarle y dejas que te hable, encontrarás tanto de los demás que difícilmente podrás al abandonarlo seguir siendo el mismo. Me costará, seguro, acostumbrarme a tomarme el café de la mañana sin ver el mar a mi alrededor. Será extraño, y seguramente liberador, no desayunar, almorzar y cenar rodeado de estos majaras. Dormiré en una cama de verdad, que no se mecerá en la noche ni acompañará mi sueño con el crujido de los cabos y la madera. No tendré que contar una y mil veces las mismas historias a los visitantes sobre mis travesías, y no veré ese brillo en sus ojos, quizá de envidia, puede que admiración, cuando me pregunten cómo llegué al Galeón y les diga que un día decidí dejarlo todo y cruzar el Atlántico porque sabía que era lo que la vida esperaba de mi. No pasaré más noches de guardia peleando con el sueño, limpiando el barco y cuidándolo mientras mis compañeros duermen, para ver nuevos amaneceres que sólo mi mente ha fotografiado. No seré, nunca más, Popo. Sólo para mis compañeros, mis galeónicos, mis piratas maleantes de uno y otro confín, de mi tierra y del Nuevo Mundo, del Atlántico y el Caribe, de una banda y otra del sollao. Sólo para ellos soy y seré ese fotógrafo que hoy se siente marinero y que lleva para siempre las cicatrices de todo lo que navegamos y vivimos juntos. A ellos les doy las gracias emocionado, a mis capitanes y oficiales, cocineros, contramaestres, jefes de logística, engrasadores, jefes de máquinas, cadetes de puente, voluntarios y todos los que habéis sentido y sufrido este año y medio conmigo. Gracias siempre por meterme el océano en la sangre, por ser mi familia y hacerme sentir valioso. Ojalá haya podido con mis fotos hacer justicia a vuestra categoría humana y a lo que este barco representa para quien saber mirar más allá. No sé si dejaré huella en él, pero sé que dejo parte de mi corazón bajo estas velas. Seguid locos, seguid hambrientos. Recordad que vivís en la aventura misma y cada día cuenta, que este momento nunca se repetirá. Que todo el mundo alguna vez soñó con hacerse a la mar y ser libres, y vosotros lo hacéis cada día. Gracias compañeros. Gracias, Galeón.

Alejandro Mallado Erbez, alias “Popo”.