DSLR desde cero: Entrenando el ojo fotográfico. Mirar antes de disparar. / by Alejandro Mallado

Abril de 2009, 14:30 del mediodía, Sábado Santo en Sevilla. Apenas un mes antes comenzaba ilusionado mi curso de iniciación a la fotografía en la escuela de fotografía sevillana Cobertura Photo. Después de años trabajando en distintas empresas como agente comercial, explota la burbuja inmobiliaria y España comienza su caída libre de la que aún no se recupera, por lo que yo decido dejarlo todo y empezar a formarme como fotógrafo y diseñador gráfico con el apoyo de mi familia y amigos que conocían bien mi pasión. Como quería conocer el nivel de esta escuela antes de apuntarme a su curso anual, que evidentemente tenía un precio mucho más elevado, me apunto a este curso básico de 4 semanas donde Valentín Luján será mi profesor. Con él aprendo el ABC de la correcta exposición, el equilibrio de blancos, el uso de flash desde la cámara o externamente, técnicas de composición y un sinfín de materias y trucos que olvidar de un día para otro pero que con la práctica se convierten en tu biblia. Aunque son pocos días y muchos alumnos, Valentín se las apaña para que siempre haya algo de práctica y todos participemos en distintos experimentos. Aquí recupero hoy uno de esos "deberes" que nos ponía cada fin de semana para obligarnos a coger la cámara, de manera que en la clase siguiente pudiéramos compartir nuestro trabajo con los compañeros y entre todos hacer crítica y análisis fotográfico.

Este fue seguramente uno de los ejercicios más importantes de mi aprendizaje. La práctica consistió en elegir un territorio de trabajo, preferiblemente con mucha temática y escena, en el que realizar un rally fotográfico con una serie de normas. El concepto se basaba en caminar con la cámara a la altura del estómago, para evitar componer objetivamente, mientras se tomaban 3 fotografías cada 5-10 pasos. Así de fácil. 10 pasos y te detienes. Click a la derecha, click al centro, click a la izquierda. Sin mirar a través del visor de la cámara, todo intuición. Yo empecé en la Avenida de la Constitución y seguí caminando durante más de 3 horas hasta que tuve unas 400 imágenes. Llegué hasta la Campana por las calles Tetuán y Sierpes para volver al Ayuntamiento, y de ahí busqué el Patio de Banderas hasta el Callejón del Agua y los Jardines de Murillo, tomando un café frente al Rectorado antes de volver a la Avenida de la Constitución y terminar junto a la Catedral. Recuerdo el calor asfixiante y el sonido que hacían las sillas plegables de madera al abrirse mientras preparaban la Carrera Oficial para las procesiones de Semana Santa. Muchos turistas con cámara de fotos al cuello, vendedores ambulantes y algunas tiendas abiertas esperando compras de última hora. El tranvía todavía me parecía algo de otro mundo, y Sevilla se contoneaba en esa mezcla extraña y eterna de modernidad y tradición. Fue algo revelador descubrir que de repente ya no contaba los pasos, y me hacía trampas a mi mismo parando cuando sabía que tenía una foto interesante cerca, aún sin levantar la cámara de la altura del pecho. Empezaba a mirar de verdad, antes de disparar. Componer con tu vista y tu imaginación, encuadrando como un pintor ante un lienzo vacío. 

Fue un gran día, de esos que te meten la adicción fotográfica en las venas, de los que cuando llegas a casa te hacen sentir un poco más fotógrafo. Pero no estaba ahí la gran lección. La segunda parte de la práctica, sin duda la más importante, consistía en revisar la producción completa y elegir para presentar en clase 15 fotografías: las 5 mejores, las 5 peores y las 5 que más me hubieran sorprendido. Y es que esa es la gran lección que uno no para de aprender, que aún sigo puliendo tras cada sesión. Hay que aprender a seleccionar de entre lo mediocre lo bueno, de entre lo bueno lo superior y, si tienes talento o suerte para ello, de lo superior lo magistral. Sentarte frente al ordenador para filtrar de entre 400 imágenes las 200 mejores, luego 100, después 50 o 60 y acabar quedándote con las que realmente valen la pena. Fue el mejor ejercicio de análisis y auto-evaluación que he hecho nunca, y la disciplina que empecé a asentar tras aquel reportaje es, con mejores sustanciales, la que sigo utilizando hoy día después de cada sesión. Aquí precisamente traigo hoy una selección de 66 fotos de aquel día (lo sé, son demasiadas, pero me he entusiasmado), y no paro de sorprenderme de cómo ha cambiado mi criterio y, sobre todo, como veo potencial ahora en algunas de estas imágenes que allá por el 2009 me parecían dignas de borrar. Y es que la fotografía es un camino largo y extraño donde educamos nuestra percepción del mundo con cada nueva lección que nos da la cámara. 

Así que aquí te dejo esta experiencia, para que la pruebes si te apetece, para que te vayas a una zona céntrica o algún evento donde haya gente y acción y entrenes tu ojo fotográfico y tu sensibilidad como editor para que siempre extraigas lo mejor de cada serie que dispares. Después de varios intentos te darás cuenta de dos cosas: en primer lugar que hay que trabajar mucho la composición cuando estás en una localización y aprovechar que las cámaras digitales nos permiten tomar muchas fotografías, y en segundo lugar que a través de ese trabajo de selección, sin darte cuenta, estarás organizando y estructurando todo un lenguaje fotográfico propio que determinará qué fotos tomarás en el futuro y cuáles no funcionarán. Así es como se encuentra un estilo, una forma personal de retratar el mundo. Anímate, y cuéntamelo!!