tú cuentas

Feliz Navidad by Alejandro Mallado

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Tal vez, algún ángel año tras año se ha encargado, desde que concibo uso de razón, de poner una estrella por ilusión en el salón de casa para recordar que toca vestir los sentimientos de Navidad. Adornar las venas aún calientes y dejar que todo llegue atravesando ríos de purpurina. Dejar que todo esté un poco más alto.

Llegar a la cima del árbol no es más que un trago largo y amargo antes de colocar tu estrella y hacerla brillar con luz propia. Quizás ese ángel siempre me alzaba por Pascua en sus brazos, y me dejaba colocarla con mis propias manos para que lo inalcanzable y lo subliminal se convirtieran en mazapán comido. Qué suerte la mía. Pero claro, es muy sencillo jugar con las estrellas si eres hijo de un ángel, que en cajas de cartón guarda año tras año la mágica estrella de tu vida. Quizás por ello siempre que las observo algo me recorre llenándome de escalofríos y encogiendo, dejando muy pequeña mi alma.

Arropo de momentos, luciendo tras su ya desgastada brillantina al destello de unas coloridas y enredadas luces tan como antes ya, siempre familiar. Exhibición de tus mejores galas ante la pasarela, como las estrellas. Y un pijama con zapatillas por tacones, para las que realmente te iluminan día a día.

Estrellas. También en algunas puertas las veo, colgando de las antiguas mirillas del subconsciente, dando color a un blanco y negro bastante pasado, bastante pesado.

En ocasiones me he encontrado ese sol nocturno que me ha enseñado siempre cuál es el camino para volver año tras año a mi portal de Belén. Alguna vez perdido en oriente anduve mirando contornos y formas dignas de un cielo un tanto adorable y peculiar. Pero las que todos buscamos o añoramos duermen en las ventanas. Esa que cuenta cuentos antes de dormir tras el cristal del lugar más importante del mundo, tu cama. Las mismas que te observan para aplaudir o golpear, arañar y besar, las de afuera. Ahí tan perfectas, tan observadoras y maduras. Ahí en el cielo, tan altas e inalcanzables. Ahí donde duermen los sueños antes de cogerlos y hacerlos real.

A veces, pienso en ellas y observo su trágico parpadeo mientras la lengua se vuelve más gruesa entre emociones y sentimientos. Es un precioso hobby, como un viejo atardecer, o un siempre nuevo amanecer. Es sencillo e íntimo, y al alcance de cualquiera que pueda permitirse un buen litro frío en aquel mirador. A veces, converso con ellas y veo que no son tan diferentes a las personas, a sus vidas. Algunas brillan fuertes sin consumo y contagian con  esplendor al resto de su constelación. Las veo bajo el manto del cielo que nos arropa en estas noches de fotografías en papel y almas en el recuerdo, en estas noches de copas en alza y abrazo sincero. Y juntos de madrugada amontonamos las colillas sobre poesía mientras alguna fuerza gravitatoria, en contra de nuestra voluntad, nos va alejando poco a poco.

He observado muy de cerca siempre las estrellas del cielo, más aun las del suelo. No es que sea un experto en esferas de plasma que se mantienen sobre su equilibrio hidrostático. Ni siquiera soy aficionado a la astronomía. Prefiero que esa parcela de intimidad que mantenemos tan solo sea un acuerdo fiel con el agua del que estamos hechos los dos. Si acaso, sólo nos salpicamos. Unos, de rayos sin quemar creando un universo de luces y chispas. Otros, de gotas sin secar amasando un inmenso mar. Perfecto equilibrio que nos mantiene brillantes en lo más alto de los árboles y sus flecos de nieve decorados con felicidad, nostalgia, amor, paz, o simplemente Navidad.

Si supiera el secreto de su brillo, quizás dejarían de resultarme tan bellas y hermosas. Quizás tras las respuestas, dejarían de fascinarme tan atractivas e interesantes. Tan sólo espero sin cuestionar que sigan, sin más. Alguien las puso ahí y así, para que nadie pudiera extinguirlas. Para que el cielo siguiera en Navidad como un campo lleno de flores bañado por el rocío y su esplendor.

A veces, estrellas como las personas, también parecen estar cercanas cuando en realidad su distancia es infinita. Otras, resultan lejanas de por siempre, y sin pensarlo dan un salto valiente para estar juntas y convertirse en algo sencillo, bonito y fugaz.

Me gusta pensar que su parpadeo no tiene nada que ver con su apague, que no es más que una conversación a gritos en Morse dedicándose todo lo que una palabra pueda significar. Cariño, amor, respeto. Parpadear bajo el brillo de tus ojos es lo más cercano que podrás estar antes de convertir esa estrella, ese sueño, en algo real. Dejara de estar infinitamente lejos lo más cercano. Y al fin, esa que observas con tanta delicadeza, acabara siendo parte de la estación espacial que a tantos planetas y aventuras desde la ventana te ha llevado.

Es Navidad, y la magia existe en el polvo de las estrellas, en las personas. Esta noche me gustaría poder moverlas con las yemas de los dedos. Dibujar el lienzo  azabache que nos cubre. Mezclar planetas y satélites, estrellas. Lejanas con cercanas, brillantes con débiles. Oscuro con colores, suelo y cielo. Y entonces, ver qué pasa… Quizás, digamos con más facilidad feliz Navidad. Quizás tengas algún deseo que aún no sabes que celebrarás, y una vez mas ese anillo bañado en tu copa de champagne golpeará su fino cristal convirtiendo tus sueños en burbujas y sonrisas. Quizás, tengas alguien a quien recordar, amar, extrañar o, simplemente porque es Navidad, tengas la excusa perfecta para poder rezar, o descolgar el teléfono y llamar. Quizás si las pudiera ligar, tan solo una vez, y pudieran tocarse una vez más, les sería mas fácil decirse a todos “te quiero”.

Feliz Navidad. Feliz 2012.

Todo, empieza aquí y ahora.

Paco de Celis.

Yo miro, tú cuentas. II by Alejandro Mallado

Este año sí es el de verdad. Este año sí cumpliré mis propósitos, esos que desde hace tanto había marcado ya que nadie en este seco y corto verano cambió nada, tampoco el incendio que ya anunciaba la primavera. Me llamo septiembre de tercer apellido desde hace ya alguna década y siempre es aquí cuando paro y miro a la derecha y a la izquierda antes de cruzar. Otra vez estoy en el mismo lugar las mismas horas y otra vez espero que algo suceda de camino a casa, siempre tan fría y tranquila, como siempre me ha gustado, como siempre tanto me ha asustado. Otra vez miro y vigilo las caras de los viajeros compañeros en la rutina de camino al trabajo. Algunos los conozco, otros no lo saben, pero también. Me gusta pensar que hoy será diferente y que hoy algo podré contar dándome igual a quien.

Y entre tanto pensamiento y tanto alardeo soñador de mí mismo, el vagón llegó a la última estación, a la que parecía definitiva, en la que llevaba parando toda mi verdad ese largo invierno llamado tiempo. Todo el mundo seguía corriendo por aquellos hormigueros del metro, como el año anterior, seguro que como el año que viene. Entonces la escalera de aquel underground puso unos peldaños más altos para que en aquel momento nuestros pasos fueran más lentos. Para que costara más trabajo subir, para que fuera más arriesgado bajar. Nos miramos durante unos segundos, enganchamos las pupilas y se noto que los dos huíamos de lo mismo, que los dos teníamos miedo de mascarnos con los ojos. Ninguno sabía adonde ir en ese instante aunque ya tuviéramos un destino. Así que decidimos escondernos uno dentro del otro con una tímida y esperada por siempre sonrisa. Quizás no lo sabíamos pero ya antes pensamos que algún día algo inesperado, con algo de suerte ocurriría. Y yo, que sabía que para vivir había que respirar, ahora sé que si me dan a elegir entre respirar o tenerte en este peldaño, estaría más vivo teniéndote que respirando mi aire.

¿Cuánto hemos sufrido los dos pensando en algo que nunca pasaría? Por aquel entonces era mejor seguir pensando que la vida nos trataría mejor y nos recompensaría con algo que creíamos merecer. El tiempo se hizo lento y el segundero anunciaba que ese pequeño chispazo de tic tac nos dejaría saborear un poco más lo que ninguno había provocado y ninguno quería dejar escapar. Y yo, este día, que me he animado a dejar la cremallera del corazón abierta por si venías no la encontraras cerrada, me vuelvo a coser el pensamiento deseando que seas eso que siempre he esperado. Quería guardarme el alma allí, donde el infinito llega a su fin. En el olvido. Y donde la luna baja a ver como me desnudo para que hieras lo que quieras.

Y cómo ha retumbado todo su componer cuando has mirado dentro de mí. Y corriendo he querido saltar de esa escalera donde me hipnotizaste para correr a buscar una farmacia y comprar pastillas para no soñar por miedo. Bonita inquietud. Ya ves, tantas veces me he cansado de mí que he cometido delitos, y hoy quiero ser encarcelado por delito a mano armada, y decirte “quieta, tus labios o la vida”.

Yo, que pensaba que creer era poco. Yo que necesitaba algo para creer. Que necesitaba algo imparable y poderoso, algo como una flor que nace de la calzada abriendo paso sobre el duro asfalto hasta la luz, buscando la grieta en el bordillo que le cayó encima. Precisamente ese día qué tanto me quemaba el suelo y casi de puntillas andaba con prisas a ningún lugar mejor que tu mirada, un lugar mejor que mi ridículo yo paralizado ante ti.

Volviéndome vulnerable ante tu no, planeando la estrategia para conseguir tu sí. Concurriendo todo en esa milésima de segundo como un flash back, como un deja vu deseado, volviéndome torpe y pequeño, volviéndonos juntos un coloso gigante. Volviéndonos viejos, tanto que los huesos lo son ya más que la piel, tanto que ya sabes donde tiran las mejores cañas del barrio. Ya hemos sido  media vida dedicándonos en cuerpo y alma a esperar ese rock, esa balada. Con tan solo mirarnos y desearnos donde la verdad de no conocernos de nada nos hizo fieles, nos hizo de verdad y deseados ante lo desconocido de ese misterio obsesivo por no dejar de mirarnos.

Allí donde hemos sido ganadores y perdedores, pasiones, risas, amores de barra de bar. Allí es donde estaba esperándote. Allí donde en una milésima de segundo nos hemos visto abortando en algún hospital por equivocarnos ante el deseo de no saber frenarnos.

Un tema, este tema, del que nunca quieres hablar y ya has esperado innumerables historias. Pensando que tan solo conseguiste tapar esas infinitas manchas de todo aquello que te quedó, que mataste el amor, ese que quizás nunca existía, quizás por aquel olor a sudor en tus pestañas bastante lloradas. Esas pestañas con las que quizás dejaste de ser amable porque el mundo tampoco lo fue contigo.

No me hizo falta más que mirarte, mirarnos ¿para qué tantas palabras cuando la verdad se esconde y explota dentro de nuestras miradas?, ¿para qué tanta mentira? Quizás debí usar ese truco de la naturaleza que materializa la verdad que los ojos cuentan, quizás debí besarte sin decirte más que un te quiero por dos palabras. A fin de cuentas, en el amor no existe la experiencia, si no, nunca más se volvería a amar. Y yo quería, y tus ojos también. No tuvimos una obra, tan solo un perfecto capítulo para saber que ya era digno de ver el resto, para comprar la entrada de la función. Para vivir.

Pero, para qué mirar atrás si ya nada se puede cambiar, para qué adelante si nada se puede en el futuro alcanzar. Mejor seguiré viviendo mi hoy, y seguiré en ese peldaño de aquella estación de metro. Viendo cómo pudiste, pudimos ser, y tan sólo vivimos juntos ese instante, en esa milésima de vida verdadera mientras aquellos peldaños nos ayudaron a ver lo que cada uno por su camino tiró por la borda, y ninguno arriesgó a ganar con esa verdad que nuestros ojos anunciaban, ni a decir ese te quiero con su flechazo, por dos palabras. Pero este año creo que sí, este año aunque ya pasaste y nos fuimos, es el de verdad, ¿no?

 Paco de Celis

Yo miro, tú cuentas. by Alejandro Mallado

SUEÑÓDROMO

Como un post-it en aquel cuaderno de anillas y pasta de cartón, como un imán de esa ciudad de vacaciones en la puerta de tu nevera, frágil y pegado en el áspero premarco de mi ahora nueva, blanca y vieja ventana. Desde donde observo siempre ese impredecible y también mío atardecer, ese también ahora mío cielo. Sujeto a duras penas por aquel polo negativo o positivo, por ese pegamento dosificado a tiras que une mis papeles y nunca sabré cómo llegó ahí, o quién lo puso. A punto de volar dejándome llevar por aquella acuarela que nunca vi, de la que ahora me quiero manchar, empapar, impregnar. De esa nueva oculta puesta de sol, o de ese ahora, mío también, universo. Esa pintura en el cielo de la que me quiero salpicar sin paraguas por aquel color imposible. De ese que solo se consigue mezclando muchos tintes del alma, ése que no venden en ninguna papelería cuando el nuevo curso carga de ilusión otra nueva verdad frente al abismo de tu profunda maleta aún adolescente. Con suerte tu  nuevo lienzo aún virgen. Con suerte aún algo infantil.

Reblandece la palillería inglesa clásica ante el calor que me hace adelgazar, como una huella en la arena de playa que espera el mar  a su paso. Y mientras ninguna señal de humo anuncia en las calcinadas chimeneas la llegada del frió en los huesos, ya sabe a refugio y hoguera más mi aliento hoy siguiendo esas nubes que cualquier antiguo abrazo, cualquier calefactor, o climatizador central. Esa nube dulce de miel y azúcar que por momentos se queda parada y me permite rozarla con mis gastadas y suaves yemas desde mi asombro, desde ese, ahora también mío, sentimiento.

Desde aquí sentado, el mundo por fin frente a mi, y yo de nuevo de pie frente al mundo. Desde mi ventana  saboreo y palpo ese precioso reto, ese precioso desafío otra vez. Una ventana que marca la frontera que me obliga a ser lo que soy, para seguir siendo algunos días lo que sueño. Algunos pierdo, muchos gano, todos siento y aprendo. Un rincón cultural de música clásica y alternativos  instrumentos. Instrumentos como juegos, como la Oca o el Parchís, con todas sus estrellas, nubes, formas y lunas como fichas. Como comerte una y avanzar veinte llegando también a mí ahora, nuevo hogar. Como ganar la partida llegando a tu refugio tan lejos de casa recorriendo el tablero.

Bonito sentimiento. Sentimiento de debilidad en la fortaleza, sentimiento límite como acero que nunca se dobla, que tan solo es firme, que tan solo vive recto, o en su defecto se parte.

¿Y quién no quiere uno? Aunque sea en la distancia mas lejana, aunque esté al alcance de lo imposible.

¿Y quién no añora alguno? Aunque sea ese que tan ácido y amargo te supo, ese que da referencia al resto entre malo o peor, entre bueno o mejor.

¿Y quién puede evitarlos? Tú, frente al acantilado no, eso es seguro.

Sueños para el alma, algún poyete donde descansar la moral, donde amontonar las cajetillas de tabaco encima de la poesía.

Ese pletín donde casi no cabe tú persona, y podría dormir tu personalidad. Hilos de magia que asoman desde mi cama. Desde donde se ve que el mundo también experimenta. Desde donde se ve tan joven como permite su intimidad. Seguro que también tienes uno, seguro que también tienes tu iglú esquimal con provisiones de pesca para el largo invierno, o tu tienda de campaña india repleta de plumas y cabelleras bastardas, tu lugar de sueños donde ves esos colores imposibles. Seguro que si, y si no es así, si no tienes, seguro que también quieres, o añoras, o no puedes evitar haber tenido o querer alguna vez alguno. Tu bonito lugar donde volar para despertar del sueño, quizás no por estar cansado, quizás por cansancio de soñar. Regalando ausencias para el paraíso de los recuerdos. Tu bonito tiovivo de silencios sin miedo a callar. Tu bonita pista de baile donde siempre que puedes tiras el ridículo por la borda y la vergüenza queda ruborizada. Aquel bonito patio donde siempre que puedes juegas como solo ese crío que aún vive en ti puede enseñarte. Ese bonito lugar tan cierto como el amor en un parque, en un banco a solas con el corazón de esa persona a la que amas, y tan real como el amor de mentira enseña a otras personas que tan solo pasan y os miran. Esa bonita estupidez de lugar donde todo te planteas, donde te preguntas insignificancias como porque tu peli favorita no tiene su título, como el resto, traducida al español. Pero claro, Braveheart es mejor no traducirla, por eso de no fabricar en las mentes más mitos.

¿Vas recordando? ¿Vas aprendiendo? ¿Vas encontrando ese lugar? Gracias por lo de orgulloso, y bienvenido a mi lugar donde todo se convierte en realidad. Bienvenido a mí ahora, también tuya ventana. Te invito a que mires mi nuevo cielo de Londres y sus colores imposibles. Siéntate en ella, cuelga los pies con miedo y ponte cómodo. Bienvenido a mi “Sueñodromo”.

 Paco de Celis